Cada día tiene su afán dicen los "adultos".
Con los años, llega la nostalgia, con los años llega la alegría, el tiempo pasa más rápido y poco a poco se llega lejos. Recuerdos felices, partidas dolorosas, amores y amigos. Soy feliz, me quiero, me respeto... respeto a la vida que siempre me brinda grandes lecciones. No me siento vieja... aún no me siento adulta, aunque ya debería, pero... ¿que es ser adulto?... ¿viene con la edad?, ¿viene con el criterio?, ¿viene con los años?, ¿viene con la experiencia?, ¿viene con las penas y adversidades vividas?, ¿viene con la amargura?... ¿viene con la tranquilidad?, ¿con la prudencia?, ¿con la mesura?...
No lo se, me siento niña aún... disfruto de los juegos, de los dibujos animados, de los animales, de las cosas nuevas, tengo la misma curiosidad de siempre. Ahora más que nunca antes, disfruto de mi familia, disfruto de mis amigos, disfruto de mi trabajo y lo que es mejor, disfruto cada día y cada instante, como cuando era niña.
Para mi la idea de una persona adulta siempre fue un tabú, los "adultos" siempre me dijeron muy seriamente: "...estamos hablando cosas de mayores", y con eso creían que uno podía darse media vuelta y continuar con su vida. Lo que no sabían es que le dejaban a uno más confundido que antes de aquella famosa frase, no podían simplemente decir:"...estamos hablando de cosas que no te interesan, o de cosas aburridas", era simplemente esa pereza de explicar las cosas o de hablar claro.
Poco a poco fui llegando a pensar que los adultos eran algo así como personas que hablaban de cosas muy "importantes" algo asi como la fisica nuclear, de cosas muy complicadas, que no podían jugar, que no podían ver dibujos animados, que no podían disfrutar, que solo tenían obligaciones... que no podían querer... simplemente estaban muy ocupados, en que? no sé, pero había que hacer silencio porque siempre tenían que ver las noticias o estaban de apuro o estaban hablando "cosas de mayores"... en resumen eran gente que no se permitía ser feliz como lo habrán sido cuando eran niños.
Hoy por hoy me doy cuenta que si bien es cierto no estaba muy equivocada en los hábitos de las personas adultas, también me doy cuenta de que no existen tales prohibiciones a ser feliz, ni temas tan importantes para ser titulados como "cosas de mayores", la elección de cada uno de ser feliz, de disfrutar, de aceptarse a si mismo, es la que debería volverlo adulto, no las obligaciones o las "cosas de mayores". Será que todavía no llego a ser mayor? hehe.
Existe mucho de tinta adicional para continuar con mis locuras, sin embargo el tiempo no... creo que debo regresar a jugar que soy "adulta".
*Luis Eduardo Aute
Más que amor, lo que siento por ti.
es el mal del animal,
no la terquedad del jabalí,
ni la furia del chacal...
Es el alma que se encela
con instinto criminal,
es amar, hasta que duela,
como un golpe de puñal...
Ay, amor, ay, dolor...
Yo te quiero con alevosía...
Necesito confundir tu piel
con el frío del metal,
o tal vez con el destello cruel
de un fragmento de cristal...
Quiero que tus sentimientos
sean puro mineral,
polvo de cometa al viento
del espacio sideral...
Nada envidio a la voracidad
de tu amante más letal,
ella espera tu fatalidad,
yo pretendo lo inmortal,
el espíritu que habita
tu belleza más carnal,
esa luz que resucita
el pecado original...
A veces me siento
como un aguila en el aire.
Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas
unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano
a veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas
pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires
te mires al mirarme
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: "Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable".
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Víctor Ponce Gallo*
Inmensa cadena
que cada quien lleva
del tiempo.
Eslabones
que desaparecen y resurgen
en el mar finito
de la conciencia;
vivencias,
que inclinan la balanza
de la reflexión
al blanco o al negro,
a lo real o a lo sublime.
No existe tiempo pasado,
las imágenes que se construyen
son del presente;
pero pasado tan sólo
un segundo,
regresan al origen
del cual habían escapado.
El presente,
suspiro del tiempo
donde no existe reflexión;
porque en su relampagueante paso,
sólo se vive el instante,
y un segundo es su medida,
y éste no tiene principio ni fin.
El futuro,
utópico sueño,
por no estar vivo;
son conjeturas
que se basan en el pasado,
y en él quedan
al formarse en el presente.
Para mi linda Magus que se casa mañana
Que el maquillaje no apague tu risa,
que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas,
Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.
Que las verdades no tengan complejos,
que las mentiras parezcan mentira,
que no te den la razón los espejos,
que te aproveche mirar lo que miras.
Que no se ocupe de tí el desamparo,
que cada cena sea tu última cena,
que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.
Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.
« ...¡qué poderosa personalidad tenían esos brujos! Si yo hubiera vivido en aquel período (la Colonia), y descendiera de Ata-hualpa (por ejemplo), no estoy seguro si sería de Cristo o del Diablo. Pienso que sería del Diablo, pues con el Diablo estaba la América india, el orden, la resistencia... Cristo era la traición, la capitulación, la cobardía. Las huestes de la ‘civilización’, con sus ‘guerras santas’ contra ‘los moros’ americanos, debieron de haber sido consideradas, por los aborígenes, como olas de bárbaros invasores, a librar batallas desiguales.»
Paulo de Carvalho Neto
Para los guaguas que correteábamos a comienzos de los años cincuentas, allá en las quebradas de La Tola, el Diablo era un personaje incorporado a nuestra cotidianidad. Todos los días el Diablo amanecía como lavado por la lluvia habitando los lugares y rincones menos esperados: encima de la cómoda, al costado del Sagrado Corazón de Jesús; parado detrás de la puerta; junto a la sábila que colgaba del techo; debajo de la cama dormido; a un lado del fogón, y, por supuesto, en los surcos —guachosdecíamos nosotros—, bailando de alegría cuando las cañas del maíz habían alcanzado la edad de ‘señoritas’.
Como católicos, apostólicos y romanos, los mayores nos enseñaban que el Diablo era lo malo, lo opuesto al bien. Era el castigo que nos estaba esperando por la suma de nuestros pecados mortales.
La cara del Diablo, para nosotros, no era esa careta de cartón pintada de rojo y negro, con cachos y sonrisa de eterno festejo. Cuando se presentaba, casi siempre anteponía la presencia de un duende, pequeño de estatura y con sombrero grande de cuero de borrego curtido.
Este duende bailaba sentado, moviendo sus pequeñas manos como si se santiguara, a ratos parecía mostrar o esconder monedas de plata. Dejaba ver unos dientes cristalinos al girar su cabeza en sentido opuesto al de sus manos. Aunque era una danza atrayente —como si te ofreciera un rico caramelo— nos daba miedo. Miedo del duende, no del Diablo que estaba atrás, parado como sombra, pero no una sombra urbana: era entre animal, figura humana y raíces vegetales. De pie, con palpitaciones que más que verlas, las sentíamos a lo le-jos. Tenía una presencia muy fuerte pero no brutal. Fuerte por el rabo —quizá la parte más sensible de su cuerpo—, o por el imán de su mirada. Pasó el tiempo. Y me hice hombre bailarín. Con el trabajo técnico de la danza contemporánea fui aprendiendo a conocer mi cuerpo. En las festividades de Cotacachi, a propósito me dejaba llevar del ritmo de las danzas indígenas. Me entregaba a los ríos de aguardiente, gritos, bramidos, cantos y baile puro de horas y horas. Cuando mi cuerpo urbano se caía, dos diablos huma me levantaban o me arrastraban hasta que me pusiera de pie para que siguiera bailando. No solo mi cuerpo se desmoronaba, eran mi mente y mis prejuicios los que caían al suelo. La técnica dancística quedaba burlada, sin sentido, sin efecto. Nunca sabré qué edad tenían los hombres que danzaban cubiertos por máscaras de colores. Metidos en la danza, en el rito, cobraban proporciones musculares que me rompían el concepto del tiempo, del presente, de lo cotidiano. Huesos, músculos, sangre y sistema nervioso se transportaban a sitios lejanos y pretéritos donde acaso mi ser transitara o viviera alguna vez como planta, piedra o agua.
Pasó el tiempo y logré estructurar un ‘cuerpo de diablo’. Con el entrenamiento diario, mis pies ya sabían aferrarse, hundirse en el suelo al caminar y al bailar. Mis manos ya podían ser patas de gato y mi columna vertebral respondía bien a mínimas provocaciones. Estaba más o menos listo para bailar lo que sería el Supay Corpus, para dejarme poseer del mito.
Bajo los acordes metálicos de las cuerdas de un piano abierto —que semejaba El buey degollado de Rembrandt—, las manos del músico chileno Tomás Lefever estiraban, acariciaban o raspaban con monedas las cuerdas. Tomás entonces cabalgaba sobre el piano y golpeaba la ‘mesa’ de las cuerdas como que fuera el cuero templado de un bombo. Con ese‘endiablado’ tempo musical, las ‘patas’ del personaje me hacían bailar. Era como si el duende que mirábamos en la sementera de maíz cuando fuimos niños, se hubiera metido dentro de mí.
Por: Wilson Pico
26 de Octubre, 2005
JOAQUIN SABINA
Están en guerra el hombre y la mujer,
el tonto, el listo, el gordo y el flaco,
el negro, el blanco, el debe y el haber,
Mesalina y el tío del saco.
Están en guerra el mambo y el hip-hop,
el ying, el yang, el pibe y el viejo,
Jeckyll y Hide, monsieur de Sade, Masoc,
Pilatos, la razón y el pellejo.
Ven a la guerra, túmbate de una vez
en mitad de la via.
Mientras la tierra gire y nade un pez
hay vida todavía.
En guerra están la baba y el carmín,
el duermevela y la pesadilla,
el chevalier y el puercoespin,
la extremaunción y las espinillas.
Están en guerra el cojo y el ciempiés,
los ascensores y el purgatorio,
mañana es vispera del día después
pasado flores en velorio.
Desde la Conchinchina hasta el Magreb
en Rolss Royce o en camello.
En cada esquina te
hacen páginas web
o te sellan un sello.
Están en guerra el fresco y la calor,
la calma chicha y la marejada
el ten con ten, la dicha, el resquemor
el almacén del todo y la nada
En pie e guerra el mártir y el desertor,
el tibio y el kamikaze,
puestos a desangrarnos tú contra yo,
¿por qué no hacemos las paces?
Están en guerra la sota y el as,
el espejo y el disimulo,
el hospiciano, el niño de papá,
el Einstein y el tonto del culo.
Yahvé, Mefisto, Buda, Cristo, Alá,
las solteronas y los maridos,
Bin Laden, Che Guevara, Supermán,
lo que iva a ser, la mierda que ha sido.
Ven a la guerra, túmbate de una vez
en mitad de la via.
Mientras la tierra gire y nade un pez
hay vida todavía.
Desde la Conchinchina hasta el Magreb
en Rolss Royce o en camello.
En cada esquina te
hacen páginas web
o te sellan un sello.
En pie e guerra el mártir y el desertor,
el tibio y el kamikaze,
puestos a desangrarnos tú contra yo,
¿por qué no hacemos las paces?
Javier Domínguez (Venezuela)
Sandra no está. Su lado de la cama está impoluto, sus sábanas aún están dobladas bajo la almohada. Me quedé dormido esperándola. Anoche tuvo guardia en el hospital. A veces sale temprano y se acurruca a mi lado hasta el amanecer. Sólo con ella las noches están completas.
Una vez llegó extenuada y se quedó dormida en la sala. Quizás esté ahí. Envuelta en su bata con olor a medicinas. Seré cuidadoso para no despertarla. Aquella vez el sonido de la ducha la despertó. Y cuando me afeitaba ella abrió la puerta. Me sorprendió medio desnudo con la toalla en la cintura, medio afeitado con la espuma blanca en una mejilla. Me besó. Nos sentamos sobre el sanitario, ella sobre mis piernas húmedas y terminó de afeitarme. Recordé que esa era una antigua fantasía suya.
Aún no amanece por completo, enciendo la luz de la sala, ella no está aquí. En el sofá está la prensa de ayer. Revisé la habitación de servicio. También está vacía. No vi su cartera, ni su maletín. Me preparo el café. Algunas veces Sandra se queda durmiendo en el hospital cuando no se siente en condiciones de conducir. La llamaré más tarde. Por ahora le dejaré el café listo en el termo. Con leche y espumoso como a ella le gusta.
La mañana estaba fragmentada, con un sabor a agujero invisible en el cuerpo. Las primeras palabras del día las recibo de mi secretaria. Me encuentro con Sandra en el escritorio. Una foto de nosotros en Mérida, abrazados, entre frailejones, arropados por la neblina del páramo; me encanta esa foto, por eso llevo una igual en la billetera. Son las ocho en punto. La llamo a su celular, nadie contesta. Lo intentaré de nuevo en un rato, por ahora me sumergiré en la lista de precios de los proveedores.
A las once de la mañana tengo un respiro, las órdenes de compra están listas. Un rato hueco, lo aprovecho para llamar a casa. Nadie contesta. Llamo al celular de Sandra. El tono de repique continúa hasta agotarse, su voz alegre me pide desde el contestador un mensaje y mi número de teléfono. Ella sabía darle ese toque humano a todo. Cuando el resto de los mortales dejamos una voz robótica en la contestadora, ella sabía cómo tallar la huella de su sonrisa en un mensaje telefónico. Le pido que me llame cuando pueda.
A las dos de la tarde aún no sé nada de Sandra. Llamo nuevamente a la casa y a su celular. No tengo respuesta. ¿Qué pasa? Trato de comunicarme con el hospital, pero el tono de ocupado me asalta en cada intento. A las tres me escapo de la oficina con la excusa de visitar a un proveedor. Pienso hacerlo, pero después de visitar el hospital. Entro al área de emergencia, curiosamente esa es la única entrada visible del hospital. Un par de enfermeros aguardan junto a una camilla a algún desdichado.
—¿Ustedes conocen a la doctora Sandra H.? —les pregunto.
—No —responden al unísono luego de verse las caras—. Pero pregunte en la recepción.
Me acerco a la media luna de madera donde se resguarda la recepcionista. Le hago la misma pregunta. Ella observa en un directorio, luego introduce su nombre en una computadora. No hay respuesta.
—No, señor. Ella no trabaja aquí. No está en los registros... Debe de trabajar en otro hospital.
Sé que mi mirada sólo pudo ser un desconcierto. La llamo nuevamente desde mi teléfono. Sigo estrellándome contra su contestadora. ¿Pude acaso confundir el hospital? Ahora me doy cuenta de que jamás visité su sitio de trabajo. El hospital era una palabra, un sitio que existía en su voz. Y yo le creía. Reviso el directorio de mi teléfono para llamarla a casa de algún amigo común. Sólo aparecen mis compañeros de trabajo, los números de mi familia, algunos amigos míos.
La incertidumbre me aborda como un calambre en el estómago, una contracción en la espalda. Recuerdo la tarde anterior, cuando llegué del trabajo; ella recogía sus cosas. Me preguntó por mi día. Yo respondía con un "igual que siempre" mientras miraba las facturas en el correo. Le comenté que me invitaron a una fiesta. Ella quiere saber si llevaré regalo, le dije que no me provocaba, ella dijo que no es apropiado presentarse con las manos vacías, igual no me entusiasmo. Sandra salió de la casa, lo último que me dejó fue un portazo con olor a rabia.
Me siento en un banco en el jardín del hospital; un desfile de rostros de concreto se mueven alrededor, todos esperamos, no sé qué hacer, me duele la espalda. He pasado por esto antes, cuando voy en cacería de un proveedor para la empresa, es impensable paralizarse en el trabajo. Mucho menos ahora, voy a la recepción de nuevo y pido un directorio telefónico. Comienzo a llamar a cada clínica, hospital y medicatura del estado. Abro a cada voz con la misma pregunta: "¿Trabaja la doctora Sandra H. con ustedes?", la respuesta es única y negativa. Llamo otra vez a su celular, nuevamente su voz, luego el silencio.
Subí al auto y me dediqué a recorrer sus espacios habituales: el gimnasio, los cafés, los centros comerciales, a veces ella se sumerge en las tiendas tras la búsqueda de un antojo, cuando la he acompañado las horas se vuelven instantes, Sandra puede navegar entre zapatos, blusas, pantalones, y gracias a ella el mundo se vuelve una tela, un color, una textura. Las personas se desvanecen entre vestidores y aparadores. Ninguno tiene su cara. O eso creo. Si tuviera que describir su cara, ¿cómo lo haría? No lo sé. Mejor apelo a la foto. Salgo a los pasillos, saltando sobre los rostros con mis ojos, ninguno le pertenece a ella. Por las antesalas de los cines, nuestro placer compartido, por supuesto que no la encontré. Llamo a la casa. No hay respuesta.
Es curioso que hoy la esté buscando en un cine, fue en uno de ellos donde la conocí. Nos encantaban las películas. Era un festival de cine (¿cuál cine era?), en un receso nos vimos frente a los dulces, nos presentamos, luego intercambiamos números (¿fue en el 94 o en el 95?). Yo no tenía dónde anotar su teléfono, así que lo memoricé de inmediato. Es el mismo número que han recorrido mis dedos infatigables por el teclado de mi teléfono. Recuerdo que a los pocos días la llamé con un golpe de tambor en el pecho y ella aceptó salir al cine. Esa noche caminamos por la avenida y me dio el primer regalo al descubrirme la luna. Antes de ella, era una mancha blanca. Sandra me enseñó que el cuarto menguante era muchas cosas: un ojo a medio abrir, una ranura en el cielo, un escape del tráfico, una lámpara inmensa, un dije de plata, ella. Al día siguiente me regaló su atención cuando me llamó para invitarme a salir, con los años me dio su sonrisa en las mañanas grises, los paseos por el parque los domingos y además me abrió la puerta de sus días: me hablaba de su trabajo, de sus pacientes, de cómo a veces le pesaban o le eran ligeros, los moribundos, los sin remedio y los que sanaban (los más importantes), esos eran los que la llevaban cada día al hospital.
Ya son las nueve de la noche. Sólo puedo esperarla en la casa. Este recorrido sólo me fue útil para disipar el dolor de mi espalda. A lo mejor Sandra está en casa desde temprano y prefiere no contestar el teléfono. Cuando los días en el hospital son muy duros ella se encierra en su concha de caracol por unas horas y después hablamos. Sandra parece descender por un tobogán hasta poner los pies en tierra, luego habla y me comenta de su viaje al centro de su silencio. A veces intento bajar con ella, para tratar de llevarla más rápido a tierra, pero Sandra pone una cara amarilla, de mirada cuadrada, y creo que retardo su descenso.
Desde la calle del edificio veo la luz encendida del apartamento, los golpes en mi pecho se aminoran, siento un leve alivio. Camino rápidamente hasta el ascensor, la boca de mi estómago se siente como aprisionada por tenazas, debo llegar rápido. Presiono el botón varias veces creyendo que así iré más rápido, toda esperanza puede yacer en un pulgar. Piso 3, piso 3, Sandra, piso 3. Se abren las compuertas, corro al apartamento, me enredo con el juego de llaves, la reja, la puerta, la sala, los muebles, la luz de la sala, el silencio. La máquina contestadora me hace guiños con su luz intermitente, sólo mis mensajes. Me siento en el sofá, marco desde mi celular su número, me contesta la voz de la telefónica, confundí las cifras, marco de nuevo, dudo en los últimos dígitos, una prensa me aplasta la espalda, busco en la libreta electrónica, pero no aparece su nombre. Los números danzan en mi mente como un líquido espeso, difuso.
Hay voces en la calle, voces de mujeres, me asomo al balcón. Cuatro mujeres se dirigen a la entrada del edificio, alguna será ella, quizás vuelve con un grupo de amigas, quiero correr y abrazarla en el lobby. Las miro, las exploro, no sé cuál podría ser ella. Su cara, su cara, ¿cómo era? Apelo por mi billetera, la foto, sólo yo, en Mérida, entre los frailejones, arropado por la neblina del páramo. Estoy casi seguro de que falta algo aquí.
Escucho una voz en el cuarto. Alguien duerme, es un hombre, boca abajo. Sé que despertaré muy pronto y me extrañaré de encontrar la cama vacía.
Noble linaje, que tuvo su primitivo asiento en el lugar de Secadura, de la antigua merindad de Trasmiera, montañas de Santander, y hoy perteneciente al Ayuntamiento de Junta del Voto, partido judicial de Laredo.
Léese en algunas Crónicas que trae su origen de unos caballeros godos de estirpe Real, que radicaron en la merindad de Trasmiera y fundaron casas en Secadura y otros lugares. Añaden que esos caballeros ayudaron a Don Pelayo en sus primeras luchas contra los moros, los cuales derribaron, en el año 720, las casas que poseían aquéllos en la merindad de Trasmiera, pues en libro "Becerro", que se conserva en el Archivo de Simancas, se dice que en el año del Señor de 744 fueron reedificadas las casas de los Alvarado, destruídas por los moros veinticuatro años antes.
Otras Crónicas dicen que el linaje Alvarado procede de un caballero francés que vino a España para visitar el sepulcro del Apóstol Santiago, y que quedó establecido en nuestra Patria, en la merindad del Trasmiera, para servir a Dios peleando contra los moros.
No se puede aceptar, ni mucho menos, la exactitud de ninguna de estas dos versiones, porque las Crónicas que las recogen no ofrecen base para su comprobación.
De todo cuanto dicen, sólo es utilizable el dato de que el linaje tuvo su primitivo asiento en la merindad de Trasmiera y lugar de Secadura, porque esta noticia nos la confirman varios autores, y muy especialmente Lope García de Salazar, cuyo testimonio es autorizadísimo por la antigüedad de los años en que vivió y escribió.
Este tratadista explica el origen y procedencia del linaje Alvarado en la forma que a continuación reproducimos:
"El linaje de Varado (o Alvarado) fue su fundamento de Secadura, donde había un ome mucho bueno, que llamaban Pedro Secadura, e ganó muchos dineros, e ganó facienda, e dejó un fijo que llamaron como al padre, e mucha facienda que dejó, e casó con fija de Martín Velas de Rada, que era ome mucho honrado, y obo della fijos, donde vino Fernando Sánchez del Varado é Juan Sánchez del Varado, e tomaron este nombre porque aquel Pedro de Secadura tenía su casa allende del Río, e fiso un puente de unos maderos grandes para pasar por ella, e púsole dos varas de parte a parte, porque se arrimasen los que pasasen por aquella puente, e por aquellas varas llamaron el Varado, ca primero Secadura se llamaba."
Vemos, pues, por esas manifestaciones de Lope García de Salazar, que el progenitor del apellido Alvarado fue
I. Pedro de Secadura, que tuvo por hijo y sucesor a
II. Pedro de Secadura, segundo del nombre, que casó con una hija de Martín Velas de Rada, en la que procreó a
1º. Fernando Sánchez del Varado, que sigue; y a
2º. Juan Sánchez del Varado.
Estos dos hermanos se apellidaron así porque a su abuelo, Pedro de Secadura, le habían llamado el Varado, con motivo de las dos varas que puso a modo de barandillas en el puente de maderos que construyó sobre el río próximo a su casa.
III. El primero, Fernando Sánchez del Varado, contrajo matrimonio con una hija de Pedro González de Agüero, naciendo de esta unión
1º. Juan Sánchez de Alvarado, que sigue; y
2º. Garci Sánchez de Varado, que valió mucho y pobló en Estremeaña, y no tuvo sucesión.
IV. El primogénito, Juan Sánchez de Alvarado, fue el primero que, modificando el Varado, se apellidó Alvarado. Casó con una hija de Gonzalo Gutiérrez de la Calleja, el Viejo, de la que tuvo, entre otros hijos, a
1º. Fernando Sánchez Alvarado, que sigue; y a
2º. Sancho Sánchez Alvarado, que contrajo matrimonio con una hija de Gonzalo Pérez del Hoyo, naciendo de esta unión Juan Alvarado.
V. El primero, Fernando Sánchez Alvarado, fue Señor de la casa de Alvarado de Secadura y Capitán famoso, que ganó gran nombre en las guerras de Francia, sirviendo al Rey de Aragón y a su hijo el Príncipe Don Fernando. Se distinguió también en la batalla de Prats del Rey, en Cataluña, dada contra el Condestable de Portugal el 28 de febrero de 1465 y en la defensa de la fortaleza de dicho Prats del Rey, que le confió el Príncipe le armó caballero por su propia mano y le confirió poderes para que, a su vez, armase caballeros a los que lo mereciesen, por lo que puso en sus armas este lema:
Armóme, para que, armado
de nuevas armas, armase
a quien de ser se preciase
que sabe que me e preciado.
Casó este don Fernando Sánchez Alvarado con una nieta de Mosén Rubín de Bracamonte, y tuvo de ella varios hijos, cuyos descendientes formaron una noble familia conocida por el apellido unido de Alvarado Bracamonte.
Juan Sánchez del Varado, hijo segundo de Pedro de Secadura, segundo del nombre, y hermano del Fernando citado en el párrafo tercero de la anterior rama, casó con una hija de Rui Martínez, de Solórzano, y tuvo de ella a
1º. Juan Sánchez Alvarado, tercero del nombre; y a
2º. Gonzalo Pérez Alvarado.
Juan se unió en matrimonio con Mari Alonso, hija de Pedro González de Agüero, y Gonzalo casó con una de Zevallos, y ambos tuvieron varios hijos.
Añade Lope García de Salazar, y lo confirman otros tratadistas, que de los dos hijos del Pedro de Secadura, segundo del nombre, Fernando Sánchez del Varado y Juan Sánchez del Varado, proceden las tres ramas de Alvarado, con los solares distintos en la provincia de Santander, que dieron motivo a las líneas que extendieron el apellido por otras regiones de España y por América.
Las casas solares de esas tres ramas radicaron:
Una, como ya se ha dicho, en el lugar de Secadura, y fue la casa matriz y primitiva del linaje.
Otra en el lugar de Ogarrio, del valle de Ruesga, partido judicial de Ramales, y
Otra en la villa de Colindres, del partido judicial de Laredo.
De estos solares dimanaron otras casas en la provincia de Santander, tales como las de Laredo, Limpias, Rasines y Aloños, dando también motivo a los Alvarado de Aragón, Castilla, Extremadura, Andalucía, Canarias y América.
Paso que pasa
rostro que pasabas
qué más quieres
te miro
después me olvidaré
después y sólo
solo y después
seguro que me olvido.
Paso que pasas
rostro que pasabas
qué más quieres
te quiero
te quiero sólo dos
o tres minutos
para quererte más
no tengo tiempo.
Te amo tanto, que temo a veces que Dios me castigue algún día llenándome la vida de ti
Por Dulce María Loynaz
En el presente trabajo intento rastrear algunas acciones, esplazamientos y connotaciones que la autora maneja
...Ya no hablaré más nunca. Seré menos
Que el cisne, no dando a la vida
Ni el último acento.
Más que la tierra voy a ser callada,
Y humilde y triste.
Para siempre estoy llena de silencio
Como vaso colmado
De un vino amargo y negro...
Toda la vida estaba
En tus pálidos labios ...
Toda la noche estaba
En mi trémulo vaso ...
Y yo cerca de ti,
Con el vino en la mano
Ni bebí ní besé...
...Selva de mi silencio: En tí se mellan
todas las hachas, se despuntan
todas las flechas,
se quiebran todos los vientos...
Selva de mi silencio, Selva Negra
donde se pudren las canciones muertas...
¡Qué pena tan humilde y tan honda y tan quieta!
Es como un niño enfermo, como un niño sin
... la madre
La vida pasa abajo vestida de palabras
La pena perseguida se esconde y calla... y calla
Mario Benedetti
Poemas del hoyporhoy
No es ninguna molestia
explicarle qué pienso
del infinito
el infinito es
sencillamente
un agrio viento frío
que eriza las mucosas
la piel
y las metáforas
le pone a uno en los ojos
lágrimas de rutina
y en la garganta un nudo
de sortilegio
seguramente usted ya se dio cuenta
en el fondo no creo
que exista el infinito.
Bueno sobre política
jesús
sobre política
mi bisabuelo que era liberal
espiaba a las criadas en el baño
mi abuelo el reaccionario
extraviaba la llave de sus deudas
mi padre el comunista
compraba hectáreas con gesto de asco
yo soy poeta
señor
y usted debe saber que los poetas
vivimos a la vuelta de este mundo
claro que usted quizá no tenga tiempo
para tener paciencia
pero debe conocer que en el fondo
yo no creo en la política.
Por supuesto el estilo
qué pienso del estilo
una cosa espontánea que se va haciendo sola
siempre escribí en la cama
mucho mejor que en los ferrocarriles
qué más puedo agregar
ah domino el sinónimo
módico exiguo corto insuficiente
siempre escribo pensando en el futuro
pero el futuro
se quedó sin magia
me olvidaba que usted
ya sabe que en el fondo
yo no creo en el estilo.
El amor el amor
ah caramba
el amor
por lo pronto me gusta
la mujer
bueno fuera
el alma
el corazón
sobre todo las piernas
poder alzar la mano
y encontrarla a la izquierda
tranquila
o intranquila
sonriendo desde el pozo
de su última modorra
o mirando mirando
como a veces se mira
un rato antes del beso
después de todo
usted y yo sabemos
que en el fondo
el amor
el amor
es una cosa seria.
Por favor
esto último
no vaya a publicarlo.
Aveces duele más de lo que podemos soportar...
Pasión... Está dentro de todos nosotros. Durmiendo, esperando. Y aún sin desearlo, sin pedirlo, se desata. Abre sus fauces y aulla.
Nos habla, nos guía. La pasión nos gobierna a todos y nosotros obedecemos. ¿Qué remedio nos queda?
La pasión es la fuente de nuestros mejores mometos: la alegría de vivir, la claridad del odio, el éxtasis del dolor.
A veces duele más de lo que podemos soportar. Si pudiéramos vivir sin pasión, talvez encontraríamos algo de pas, pero estaríamos vacios. Habitaciones vacías, destartaladas y humedas, sin pasión estaríamos realmente muertos.
Por eso siempre buscamos esa emoción que nos haga romper las paredes, quebrar ventanas, tumbar muebles... desgarrar vestiduras... eso es lo que nos mueve, lo que nos excita, lo que nos llama, vivir sin ello sería ....morir en vida.

Juventud divino tesoro te vas para no volver cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.
Muchas veces quise ayudar, pero no sabía como empezar, sin embargo la vida te pone en diferentes caminos, y finalmente te brinda lo que buscas sin que ni siguiera lo esperes.
Es por eso que me puso frente a esta puerta:
